La extensión de la noción de economía a toda suerte de cosas, desde hace dos siglos, parece seguir como su sombra al movimiento de mundialización del capital. Donde quiera que el capital se manifiesta, opera, especula, masacra, la economía tal una antigua deidad o una moderna madrastra acude y socorre a su invencible héroe. Hace la moral a la despreocupación, a la indolencia, a la bestialidad del capital, mientras distribuye, compensadora, a los impotentes sujetos de éste, largos y confusos razonamientos entre otros parabienes "necesarios" y devastadores con el fin de dejar bien establecida la perfecta normalidad de su loco protegido y de mejor prevenir sus crisis.
Pero cuando la loca velocidad del capital alcanza prácticamente la de la luz, sino la del pensamiento, esta su sombra no logra seguirlo; fijos y ciegos como una pantalla gigante, los trasnochados y bizantinos razonamientos de la economía se resuelven y condensan en la seguridad total, el control de todo, con el fin de evitar todo contacto directo entre la alienación genérica que es el capital y sus individuos esclavos. Mientras los neones del furor capitalista iluminan sin mediación ya los rostros de los esclavos ya el corazón de sus fieles.
Si el capital parece así, inhumanamente, liberarse brutalmente de las sinrazones de la ensoñación soporífica de la economía, es simplemente porque nada tiene que hacer con esta abstracción. Pues es él, en su mundo, el movimiento práctico de toda abstracción, el reduccionismo real en expansión de la realidad. El pensamiento económico no es en sí mismo más que la huella en una cabeza del reduccionismo real del capital. Como tal resultado, el pensamiento económico es una simple creencia que consiste esencialmente en confundir el reduccionismo real que el capital opera en toda cosa con la realidad. Pero si el capital nada tiene que hacer con el pensamiento económico, la mercancía sin embargo no puede liberarse del Estado. La razón esencial por la que la mercancía no puede liberarse del Estado, garante armado de los fundamentos del reduccionismo del intercambio es que en éste el individuo, no siendo más que en parte mercancía, es la condición jurídica fundamental de la prosecución indefinida de la idea práctica del mundo de la mercancía hacia la reunificación en la alienación del individuo atomizado.
Los más lúcidos cretinos del socialismo alemán como del leninismo soviético vieron en el individuo la mercadería por excelencia e intentaron reunificarlo al Estado a través de la creencia en la economía.
Nunca la idea de la economía estuvo tan cerca de su “realización” como en el país de los soviets, pero en ninguna otra parte ella ha beneficiado hasta ese punto de un sistema policíaco tan total, a tal extremo que hoy día resulta prácticamente ridículo distinguir la una del otro.
Los esfuerzos inhumanos hechos por la burocracia no solamente soviética durante más de sesenta años, tendientes a transformar la historia social de las regiones controladas por ella en una pobre realidad económica, tenían como objetivo primordial la liquidación de una verdadera revolución social que desde fines del siglo pasado y abiertamente desde 1905 había estallado tanto en Rusia como en México, volviéndose luego amenazante en toda Europa, especialmente en Alemania y Hungría, y más tarde en España. La idea de la economía, reelaborada críticamente por Marx y transformada acríticamente por el marxismo en una ciencia particular y finalmente utilizada por los defensores del orden capitalista como ultima ratio es similar por sus intenciones a la idea, más rústica y circunstancial, de la revolución permanente. La "revolución permanente", es decir, una revolución que no acontece, promovida por uno de los principales responsables de la masacre de los marinos de Cronstadt, un tal Trotzky, se ha traducido en los hechos desde ese entonces como la liquidación permanente de los partidarios de la revolución.
A través del análisis de las relaciones objetivas o estructurales de la producción en el seno de la sociedad capitalista naciente desde el punto de vista mundial, por la crítica y la profundización de las categorías en las que se extraviaban los analistas burgueses de la “economía del productor libre”, bajo la presión de las luchas y de las primeras organizaciones o asociaciones de trabajadores víctimas de la explotación desenfrenada del capital, por la sacudida en profundidad de los valores cripto-aristocráticos en los que la burguesía rentista había vivido apaciblemente desde los albores del siglo XIX (patria-libertad, Estado-igualdad, familia-fraternidad), en fin, a causa del capital mismo puesto frente a un mondo a avasallar, por primera vez en la historia la necesidad de una explicación general no del mundo en tanto que sustancia filosófica sino del funcionamiento del mundo en tanto que sociedad debía imponerse. Es verdad que la Revolución francesa había ya aportado una explicación, aunque menos general, muy concreta del funcionamiento al menos estatal de la sociedad del capital.
La noción primitiva de economía está ligada a la realidad del trabajo, el intercambio, y contiene un doble sentido, un doble filo que cualifica la actividad de un personaje particular. En efecto, la economía del trabajo de otros cualifica la actividad comercial de aquel que vende los productos del trabajo de cuya producción justamente se libera a otros, por una parte, y también cualifica la actividad de aquel, el mismo al principio, que hace del trabajo de otros su propia industria, por otra parte.
Esta doble actividad específica del capitalista particular no tuvo en un principio ningún carácter general, si no es el carácter general del intercambio como operación propia y exclusiva de la práctica mercantil plurimilenaria (un modo de reconocimiento general). Esta doble actividad mercantil fue el hecho de un número relativamente restringido de individuos comparado con la generalización vertiginosa de sus consecuencias. Al punto que siendo una actividad solamente particular, llegó a ser en poco tiempo, bajo su doble aspecto, industrial y comercial, la mediación general del conjunto de la actividad social sometida por el trabajo.
A medida que la práctica mercantil reduccionista, el intercambio, liberándose a través del capital llegó a ser la definición primera de la sociedad, la economía política se desarrolló no menos decisivamente como ciencia con un objeto aparentemente universal. Solamente, si el capital suprimió su origen, el capitalista primitivo individual, realizándolo socialmente en la división industrial y comercial, éste guarda las características esenciales de su origen, la particularidad y la privacidad. He aquí un extraño universal, una mediación general sui generis que no es más que particularidad y privacidad.
Es justamente porque el capital no puede fundarse en sí mismo más que a través de su continuo relance, de su fuga hacia la inconciencia de sus propias consecuencias, como un mentiroso que el mantenimiento de su mentira obliga a nuevas y más estrafalarias mentiras, que el pensamiento económico, en los dos sentidos reduccionistas de la expresión ha llegado a ser, en la cabeza de los inocentes, su razón y se desarrolla prohibiendo en la práctica toda crítica y análisis del intercambio (mercantil, lo es siempre) como supuesta esencia humana.
La mejor crítica de la economía política que se conozca, la de Marx, desembocó en tanto que descripción metodológica del funcionamiento del capital en una “ciencia económica” en la que el intercambio es la base y el centro intocable y cuya palabra la más radical no puede ir nunca más allá de la vieja y poco feliz noción de “abolición del trabajo alienado”.
La crítica del intercambio es la condición primera de toda crítica radical del mundo del capital, la llave del desmontaje de la creencia en la economía como supuesto saber y realidad.
La dominación real del capital es universal, pero lo es de una manera fundamentalmente particular, y no tiene en cuanto a su forma una apariencia de universalidad sino gracias a la ciencia económica. Para que esta apariencia sea total, sino definitiva, es necesario que el capital aparezca sólo como una parte de la supuesta realidad económica de la cual esta ciencia pretende ser un saber.
Así, la ciencia económica tiene por objeto algo mucho más presentable que el capital, menos brutal, sin olor y sobre todo verdaderamente universal: la realidad económica. Y así, para los hombres en general, vivir en la "realidad económica" parece ser ilusoriamente mucho más seguro, más justo, o menos peligroso que vivir en el capital!
Así, en el delirio de la fábula económica, el capital parece padecer así del famoso complejo del "sapo", se sacrifica por la economía apareciendo como una simple segunda persona de la “realidad económica”, humildemente. Ya no es entonces la ley del capital que hace la ley. Su ley es ahora pretendidamente las leyes de la economía.
En realidad, la economía es sólo el discurso estratégico que el capital enuncia sobre sí mismo y que acontece sólo en la cabeza de sus asociados. La economía política es el principio ideológico del capital de la misma manera que el Estado es el principio jurídico de la mercancía. La razón económica del capital ha llegado a ser simple razón de Estado y el Estado mismo la razón armada del pensamiento económico. La economía parece llegar a ser algo real como Estado y el Estado real disimular su verdadera naturaleza detrás de las aburridas quimeras del pensamiento económico.
Lo primero, que salta a la vista cuando se mira la historia relativamente reciente del capital es que los progresos conquistadores de éste pueden resumirse en los progresos constantes de su autodivisión en capital industrial y capital comercial, siguiendo en esto el doble carácter de su protoactividad. En efecto, esta división opera entre regiones primero, luego entre regiones y ciudades, luego entre ciudades al interior de un país, después entre países de un continente a otro, finalmente entre grupos de países al interior del mundo. De tal manera que es el mundo en su totalidad que se encuentra unificado por esta división.
El Estado es la unidad concreta de la división capitalista del mundo. Reúne en él, esta vez bajo una forma superior, aquella de la universalidad, el doble aspecto de la actividad del primer capitalista. En este sentido, el Estado, enriquecido de las abstracciones de la economía, sigue siendo por el momento la conquista propiamente fundamental del capital en la medida en que por su mediación el capital logra la universalidad práctica de su práctica singular, el intercambio.
En las zonas en las que el capital sigue siendo esencialmente capital industrial, el Estado no es menos la unidad concreta de la división capitalista, aunque esta unidad, esta universalidad no tenga justamente los medios comerciales de la interiorización económica que ella ha alcanzado en las otras regiones.
Cuando las legiones de trabajadores miserables se transforman en el blanco principal de la comercialización de los productos que ellos mismos producen, cuando la explotación desenfrenada de la naturaleza por la industria se dobla de la explotación progresiva y eventualmente infinita de las necesidades ortopédicas y compensatorias de la supervivencia neurótica de los trabajadores, cuando la industria ella misma se orienta hacia la explotación de estos "terrenos subjetivos", en fin, cuando la totalidad de los aspectos de la vida puede ser sometida de manera generalizada al intercambio y que en suma éste ha llegado a ser la relación social dominante entre individuos absolutamente privados, no se trata allí del desarrollo autónomo del Estado o de la mercancía, ni menos aún del desarrollo autónomo de la economía o del espectáculo como lo querían los situacionistas y en particular Debord, ni tampoco del desarrollo autónomo de la comunicación alienada sino sencillamente del desarrollo para nada autónomo de la alienación social, de la alienación de la actividad genérica de los individuos, del desarrollo de la diferenciación del género y del individuo a través del cadáver constante de la mercancía.
La “economía devenida autónoma” de la que habla Debord para caracterizar la “sociedad del espectáculo” y por la que éste confiere finalmente alguna realidad otra que solamente pensada a la economía prueba que Debord es uno de los últimos defensores contradictorios de la economía, uno de los últimos críticos de la economía política y sin duda uno de los primeros en haber acordado a la economía un crédito de realidad habiendo tenido ampliamente bajo los ojos los elementos claves de esta ilusión neoreligiosa.
En este sentido, el principal defecto de la concepción de la alienación social reelaborada a partir de Hegel, Feuerbach, Marx, de algunos análisis de la escuela de Francfort y de la negación de la cultura principalmente por el movimiento situacionista, y retomada acríticamente por el “pensamiento radical” posterior a Mayo del 68, reside esencialmente en la idea de una alienación absoluta, de una alienación absolutamente autónoma de la actividad humana. Lo que trajo en un primer momento una sobrevaloración de la posibilidad histórica de los consejos obreros y en un segundo tiempo una sobrevaloración histérica de la “teoría revolucionaria” como sujeto de la historia, como Malstorm del espíritu.
En definitiva esto vino a reforzar los mecanismos sicológicos de la materialización de la simulación total de la vida a la que en su fase final el capitalismo se abraza desesperadamente haciendo que precisamente la parte central de estos mecanismos, es decir la simulación de un poder absoluto del capital, aparezca y se establezca como el límite ontológico infranqueable de la historia.
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