Hilo negro de Ariadna

En mi segunda intervención en “vuestro blog” [larepublicablog] puse el dedo en algunas visibles llagas que a mi entender denotan una gran y paradójica fragilidad, esperemos momentánea, en el discurso de algunos de los republicanos que están a la iniciativa de este blog. En particular, me referí a un tema, tímidamente esbozado por algunos de ustedes, que podríamos denominar “las nuevas condiciones de la dominación psicogeográfica del mundo”. En este contexto cité dos artículos de Jaime Collyer, “La internet me mata” y “Una generación entrenada en la obediencia”, en los siguientes términos:

“(…)
En el caso de nuestros red-publicanos, la situación se presenta de manera sino diametralmente opuesta, al menos completamente diversa. Acaban de nacer, digamos llegar, caer en la Red, con camas, bibliotecas y petacas, como nuevos emigrantes. Empujados por esta fuerza arrolladora de la sociedad mercantil que exilia las fuerzas vitales del hombre y prepara desesperadamente el cautiverio de su pensamiento y su acción.

La violencia universal, aparentemente arbitraria, del forzado exilio (“En menos de dos décadas hemos sufrido quizá la mayor transformación habida en los tiempos modernos.” La internet me mata, por Jaime Collyer, el 28/04/2008) sólo suscita, por el momento, en nuestros nuevos republicanos algunas tibias o tímidas intuiciones, aún adolescentes, y por ello de alguna manera promisorias (pero, ojo, on meurt par délicatesse, como decia Rimbaud). Ante el persistente hedor de este neo reino dinamarqués, la más mínima interrogante es criogenizada por la angustia (“Basta con preguntarse nada más, en la soledad de nuestros hogares, sobre cuál será el factor oculto, la institución en las sombras, que centraliza y aglutina toda esa información que hoy se acumula, con el beneplácito de sus adherentes, en el facebook.” Una generación entrenada en la obediencia, por Jaime Collyer, el 19/05/2008). Este fláccido “preguntarse nada más” que no exige ni quiere respuestas ¿a qué gimnástica casera de la obediencia obedece?
(…)”

Esta claro que Jaime Collyer acusa recibo de esta protocolar miniestocada parafraseando el primer párrafo de mi intervención y es obvio que decide, por el motivo que sea, no responder sino traslapadamente con el artículo “Homus tecnotronicus I”.

Negarse a responder directamente, por iracundia o por lo que sea, a la crítica de su opinión expuesta sin embargo voluntaria y expresamente con este propósito en un blog abierto al juicio de todos constituye sin duda una primera torpeza de parte de Jaime Collyer.

La segunda torpeza reside en la afirmación de los supuestos del contenido de su artículo mismo, al menos por dos cosas: por una parte, resulta insultante (como lo expresó clara e inmediatamente Ignacio Rodríguez de Rementería) para todos y cada uno de los usuarios de las redes informáticas (incluido él mismo), aunque estoy convencido que para nada fue esta su intención. Y por otra parte, el haber hecho suyo el concepto que define no una visión o idea, peregrina o no, del asesor de J. Carter, Zbigniew Brezsinski, sino el proyecto de Zbigniew Brezsinski en tanto que primer presidente de la comisión Trilateral, convocada en 1973 por Rockefeller, y que el mismo Brezsinski resume así en 1971 en su libro Between Two Ages: America’s Role in the Technetronic Age:

“La Era Tecnotrónica va diseñando paulatinamente una sociedad cada vez más controlada. Esa sociedad será dominada por una elite de personas libres de valores tradicionales, que no dudarán en realizar sus objetivos mediante técnicas depuradas con las que influirán en el comportamiento del pueblo, y controlarán y vigilarán con todo detalle a la sociedad, hasta el punto de que llegará a ser posible establecer una vigilancia casi permanente sobre cada uno de los ciudadanos del planeta.” (La Era Tecnotrónica, Edición Paidós, Buenos Aires).

Sin embargo, cabe preguntarse, en cuanto a esta última, si se trata de una torpeza o de una postura intelectual responsable de la parte de Jaime Collyer pues hay un “Homus tecnotronicus II” en el que, a pesar de la relativa “marcha atrás”, el autor parece insistir en la vigencia teórica y práctica del mentado concepto, en la línea de Brezsinski y de su epígono chileno, Claudio Orrego Vicuña.


“Como nadie lo decía, había que decirlo”. On n’est jamais mieux servi que par soi-même.

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