Carta abierta a Garamond

Carta abierta a Garamond

La cantidad de libros y la confusión de todas las cosas nos espanta.
La multitud de autores que en poco tiempo llegará a ser infinita los expondrá a todos
al peligro de un olvido general.
Leibniz

Estimado amigo Claude, y por qué no decirlo, gran hermano, es un hondo placer el que procura hoy verte citado y resucitado desde esa baja edad media que el sagaz Huizinga llamaba otoñal. En tu periplo hasta nuestros miserables días traes el aire y el fermento universal de las tormentosas, lúcidas y radicales “revoluciones religiosas” que antes del advenimiento de toda moderna república (dejemos a parte a la Serenísima) pusieron en profundo jaque al totalitarismo intelectual y terrenal del catolicismo, obligando a la religión a una sui generis metamorfosis social, y cuyas consecuencias menos próximas puedieron leerse en los profundos desbarajustes de las instituciones del Antiguo Régimen a los que el monarquismo del controvertido Montesquieu intentó reaccionar. No es por casualidad que uno de los más agudos analistas de la demócracia, nuestro querido y entrañable Tocqueville, apoyándose en Schiller, establecía una directa analogía con esas sublevaciones religiosas y campesinas para caracterizar las condiciones y los procedimientos generales de la Revolución francesa. A su manera, el “padre del socialismo ruso”, Hertzen, admirado por Tolstoi (a quien en tus columnas cita con pertinencia para el contexto actual chileno el señor Pablo Azocar), rescataba el ancestral comunismo primitivo singular del campesinado ruso que más tarde se plasmaría embrionariamente en los famosos soviets finalmente aplastados por la socialdemocracia leninista… En fin, pelos de la cola del león…

Vienes, lo veo, de la mano del gigantesco Erasmo, al que admiraste y honoraste el primero con tu bella tipografía, y no es un azar pues entre sus muchas virtudes de gran humanista reconocidas universalmente por sus contemporáneos, nuestro inspirador de la Reforma, cuya obra la iglesia quemó junto a la de Lutero en Milán, fue uno de los más importantes cultores, bastante antes que Leibniz, del género epistolar (hoy blog) que empezó a generalizarse a partir del siglo XIV alcanzando en el espacio virtual del Renacimiento conocido como la Républica de las Letras su más profusa práctica. Las comunidades de “usuarios” de aquel entonces, las sodalitates litterariae, interconectadas en toda Europa permitían a cada “argonauta” acceder vía no modem ni adsl sino latín al conocimiento de los aspectos más espirituales de su “totalidad concreta”.

No lejos se divisa obviamente a Moro, y al fondo, a lontananza, al propio Wycliff. Más allá de la polémica en torno al mayor influjo de Platón o de Aristóles, en todo caso de ambos, en la concepción de la república que Moro de la mano de su marinero filósofo describe con detalle en la Utopia, más allá de la “pasión racionalista” y del “reformismo humanista y prágmático” con el que Moro radiografía los estertores autocráticos, jurídicos y políticos, de la Inglaterra de un Richard III, de un Henry VII o por el que denuncia el individualismo congénito del capitalismo naciente, asoma su plural cabeza, como hidra de Lerna guardiana del acceso al Inframundo, la propiedad privada y su corolaria “sociedad de clases” como madre de los abusos de los poderosos y de los males de la humanidad. Lo decía a su manera, dos siglos antes que él, el padre de los lolardos y de la Vulgata, negador de la mitología eucarística de la transubstanciación y de la propiedad privada, aunque extrañamente Moro no lo cita.

Ya más cerca de nosotros, te recuerdo querido Garamond brevemente al impetuoso Marx, el primero de los no marxistas, parafraseando a propósito de la figura de Cavaignac y de la Asamblea Constituyente uno de los lemas recurrentes del tercer estado en la Francia de la revolución (L'argent n'a pas de maître !): “La burguesía no tiene rey, la verdadera forma de su dominación es la República.”

Como ves, querido Garamond, estas cuestiones relativas a la República, a la propiedad privada, a la dominación (del inexistente Dios o de la inexistente economía), cual gatos porfiados, atraviezan en puntillas o estrepitosamente nuestra “historia universal” de cabo a rabo. Lo que estaba en germen no ha hecho más que desarrollarse, sugiriendo una suerte de global y coherente nueva Paideia para estos tiempos.

En la contemporánea querella de los Universales habrá mi querido Garamond que pronunciarse, como se lo exigía, ceteris paribus, Lutero a Erasmo respecto de la Reforma…

Cosa toda asaz compleja, por lo que si los estudiantes escriben mejor que los intelectuales y los obreros lo hacen mejor que los estudiantes ¿cómo lo haremos nosotros, simples esclavos cautivos de este divino Matrix?

Gracias al topógrafo Moebius, redivivo en Escher, te veo guiñarnos el ojo de palo y no logro discernir si la supresión lo es de las superficies o simplemente de la facultad de ver.

Es obvio que requiero de tu concurso, es éste el motivo de la presente, para saber y entender de qué República enarbolas hoy la bandera, pues de tus columnas desiguales y no pocas veces contradictorias, no veo surgir aún esa idea “clara y distinta” que sin embargo el título promete.

Aunque sin alarma, considero estos asuntos como urgentes pues en la encrucijada feliz en que en Chile hoy nos encontramos, en la que la democracia parece definitivamente develarse como la continuación de la dictadura por otros medios, podemos “elegir libremente la libertad” o vernos obligados de abrazarla contra todo dogmatismo.

Tu devoto
Synteticus Empiricus

 

Pues tienes razon ...

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